Seguro que más de una vez te has formulado esta pregunta tras comenzar a degustar (es un decir) en la oficina el tupper con lo que sobró de la deliciosa comida familiar del fin de semana y que tu madre amorosamente te empaquetó y percatarte que no sabe igual que cuando lo disfrutaste en la mesa de mamá.

Pero antes de descubrir la respuesta te retamos a hacer la siguiente prueba: coge un pedazo de un queso que te guste, a poder ser de un sabor profundo –si no te gusta el queso, puedes recurrir a otras alternativas: rodajas de chorizo, lascas de jamón, incluso porciones de una misma pizza…- y prueba a comer un poco en diferentes escenarios:

  • 1.-El comedor de tu casa.
  • 2.- El de la oficina.
  • 3.- En un banco del parque mientras disfrutas del aire libre.
  • 4.-En el habitáculo de tu coche
  • 5.-En el ascensor.

Y en cada uno de ellos puntúa de 1 a 5 la calidad de sabor y la ‘potencia’ o ‘intensidad’ del mismo.

Retomando la pregunta de inicio, el motivo de que sepan distinto -según se desprende de un estudio recién publicado por investigadores del Cornell Insitute for Food Systems- es que el entorno en el que comemos también influye y condiciona de forma significativa nuestra percepción organoléptica. Vaya, que comemos por los ojos. Pero no solo cuando miramos las viandas; sino que también participa lo que percibimos del entorno, del escenario en el que nos encontramos.

Conclusión alcanzada por los investigadores tras efectuar un experimento en el que mediante el empleo de gafas de realidad virtual sometieron a 50 voluntarios a una cata a ciegas de queso azul en tres escenarios virtuales diferentes: una aséptica cabina sensorial, un banco en un parque y un establo de vacas. Y en cada uno, los voluntarios tuvieron que puntuar la pungencia (el grado de acidez) de una muestra de queso que se les ofrecía (y que, en realidad era siempre el mismo). El resultado fue que la muestra de queso degustada mientras estaban inmersos en el establo virtual resultaba más ‘picante’.

Será por eso que en la oficina algunos devoran la comida si levantar la cabeza del tupper… Con la esperanza de que les sepa a algo.

En palabras del responsable de la investigación “cuando comemos, percibimos no solo el sabor y el aroma de los alimentos, sino que también obtenemos información sensorial del entorno. Nuestros ojos, oídos e incluso recuerdos se apoyan en el entorno”.

Una conclusión, y más en concreto la inclusión de los recuerdos que evocan el entorno en nuestra percepción organoléptica, que invita a plantear dos nuevos –y ‘originales’-experimentos:

Experimento 1: ¿Cuál de las siguientes paellas resulta más apetitosa?

 

Experimento 2 

Asocia cada una de estas comidas con uno de los siguientes escenarios:

  • Ensaladilla
  • Filetes empanados
  • Sandwich vegetal
  • Fabada
  • Arroz blanco con pollo cocido

Explicación:

El experimento inicial pretende confirmar los resultados de la investigación y por tanto sus conclusiones.

El segundo experimento juega con la influencia del entorno en nuestros recuerdos vinculados a la comida. Así, la elección de cada cual debería estar en función de si las paellas de las que guardas mejor recuerdo tuvieron como escenario un chiringuito de playa, un camping o comida campestre; o una romería o fiesta popular.

El tercer experimento pretende con-jugar ambos factores: el aspecto del entorno y los recuerdos que despiertan cada uno –también lo que representan o simbolizan- y cómo condicionan nuestra percepción de las comidas.

Ver el artículo de Tercer Milenio