Mi nombre es Llorens y nací y vivo en una pequeña isla de las Baleares, donde el entorno relajado invita a menudo a la reflexión. Recuerdo que a mediados de los sesenta, cuando tan solo tenía 11 o 12 años, formaba parte de un reducido grupo de amigos a quienes nos fascinaban la aviación, la química y los dinosaurios, y reflejé entonces estas inquietudes en unas fichas de cartulina que aún conservo y donde redescubro desde un improvisado circuito integrado, a vehículos submarinos personales, listados de animales extintos, y hasta diagramas y una breve descripción de un tren-bala que circularía a gran velocidad en un tubo impulsado por diferencias de presión, concepto que algunos imaginativos asociarían hoy con el Hyperloop de Elon Musk.

Nuestros sueños de chicos pasaban por añadir en el futuro un pequeño granito de arena al progreso de la ciencia y de la técnica. Luego, las vicisitudes de la vida nos llevaron por distintos caminos, en mi caso hacia la electrónica profesional, y desde los años ochenta a sumar la incipiente informática y los sistemas digitales de control. Pero si algo nunca ha cambiado es aquel entusiasmo de los 12 años, la necesidad de saber el porqué de las cosas en vez de creer simplemente en ellas…Y aquí pienso que radica la esencia del hecho científico, en la manera que la curiosidad da paso a la razón y al cuidado imprescindible para que las respuestas sean fiables y puedan servir a posteriores avances.

En cambio la imagen mediatizada que la sociedad tiene de la ciencia no puede encontrarse más alejada de este aforismo, identificándose más bien con la de asépticos laboratorios donde personas de bata blanca manejan en silencio pipetas y aparatos de medición, mientras que los titulares añadidos prometen milagros tecnológicos que cambiarán nuestra forma de vida, como fantásticas baterías para móviles que durarán treinta veces más, una genética que nos permitirá llegar a los ciento veinte años como si tuviéramos cincuenta, o que colonias enteras de humanos podrán viajar a otros sistemas solares en naves de propulsión iónica casi a la velocidad de la luz.

La consecuencia de semejantes vaguedades es que la ciencia se ve reducida a una colección de anécdotas que la falta de una cultura social específica impide tratar con mayor profundidad. La pregunta del profano ¿y esto para qué sirve? suele ser demoledora, porque a menudo es difícil encontrar una respuesta sencilla que lo convenza de la necesidad de invertir tantos recursos humanos y económicos en investigación. Somos sociedades tecnificadas pero demasiado alejadas del enorme esfuerzo que ha sido necesario para llegar hasta aquí, porque no se trata solo de la tan cacareada ‘brecha digital’, sino que tal falla se extiende a la mayor parte de las tecnologías y aumenta más aún al entrar en el terreno de la ciencia pura. Para la visión de la calle los grandes avances parecen haberse gestado de forma ajena, a medio camino entre la generación espontánea y las incompresibles fórmulas de estos personajes de mirada fija en pantallas y microscopios. De igual forma, como rememorando la desafortunada cita de Unamuno, las maravillas tecnológicas también son hoy producto de entes desconocidos, cuando no directamente de robots.

Pienso que para reducir esta brecha la ciencia debe no solo divulgarse desde conferencias y jornadas abiertas en que el experto se ve obligado a generalizar para que se entiendan sus palabras, sino que debe desarrollarse también desde abajo, con estructuras y ritmos distintos, convirtiendo a un público que solo escucha, en una masa social que pase a formar parte activa del proyecto. Los movimientos ‘maker’ y ‘fablab’ han representado una importante revolución en este sentido, pero los centros son demasiado escasos, centrados en las grandes ciudades y se dedican sobre todo a la impresión 3D y a la pequeña robótica. Necesitamos ampliar el concepto a ‘SciMaker’ o ‘Scilab’, abriendo el abanico hacia actividades de experimentación científica, a la didáctica en historia y conocimiento de principios físicos y tecnologías diversas. Los estamentos educativos deberían implicarse más allá de los actuales talleres para escolares y tutelar otros más trascendentes destinados a jóvenes y adultos. Seguro que de plantearse seriamente no faltarían voluntarios en ambos lados. Los centros de formación profesional y universitaria, así como las fundaciones y Centros-Bit de muchas comunidades autónomas tienen a menudo locales, equipos y laboratorios infrautilizados que se podrían compartir.

En este país hacen falta más organizaciones que promuevan la ciencia ciudadana de forma efectiva, y que se coordinen entre ellas para tener más peso y difusión, que fomenten el espíritu colaborativo en las iniciativas y proyectos, y puedan luego reunir y exponer los logros obtenidos para que todos sintamos que formamos parte de algo importante. También deberíamos aprender del mundo anglosajón para superar esa especie de tendencia a la dispersión y falta de compromiso de nuestra particular cultura latina, tampoco exenta del pecado de ‘celos artísticos’ hacia cualquiera que destaque a nuestro alrededor.

Durante el último decenio he sido moderador de un foro de ciencia para aficionados y, junto a compañeros capaces de diseñar y construir reactores experimentales de fusión, espectrómetros de masas o dispositivos de resonancia magnética, también he visto demasiados defensores de pseudoterapias y de ‘energías gratis’ que crecen a la sombra de la falta de seriedad habitual en las plataformas más populares de la red… y lo bueno es que esta última postura, aunque no lo parezca, es otro ejemplo del interés ciudadano por la ciencia, porque nace de las ganas de saber, aunque el reto en este caso suele ser conseguir que también aprecien la importancia de aprender.

A través de ‘La Web de Anilandro’, expongo mis propios proyectos, trabajos y opiniones sobre ciencia, técnica y sociedad, he coordinado un Taller de Iniciación a la Robótica con Arduino y he creado o participado en diversos portales y foros temáticos de Internet. Creo firmemente que este es el camino a seguir y siempre estaré dispuesto a colaborar en iniciativas para que la ciencia ciudadana, amateur o aficionada adquiera la importancia que debería tener en cualquier sociedad moderna que desee estar preparada para las nuevas complejidades y exigencias que sin duda llegarán.

Esta sección se realiza en colaboración con el Observatorio de la Ciencia Ciudadana en España, coordinado por la Fundación Ibercivis. 

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