El pasado 7 de diciembre saltó en la prensa la noticia de que Diego Fernández Ortiz, de 9 años de edad, descubría una supernova. Parece una noticia excepcional, pero ¿hasta qué punto lo es? Solo unos días antes, el 23 de noviembre, se confirmaba el descubrimiento de una intrigante galaxia en nuestro vecindario por parte de otro aficionado. Muy poco antes, el 17 de noviembre, se publicaba en algunos medios que un grupo de estudiantes de 4º de ESO habían descubierto un nuevo asteroide, guiados por un profesor que no es la primera vez que aparece en la prensa. Y a principios del mismo mes se daba a conocer un nuevo cometa descubierto por un veterano amateur.

Parece un mes excepcional para la astronomía no profesional, sin embargo ¿cuántas noticias así aparecen y se desvanecen en nuestra efímera memoria? Solo algunos recordarán comunicados tan impactantes como el de agosto 2018 en el que un grupo de estudiantes había descubierto una fuente de rayos X que supone un misterio para los profesionales. O la noticia de febrero de 2018 donde se cuenta cómo un aficionado argentino documentó una supernova desde el mismo momento de su aparición, algo único en la historia de la astrofísica. En realidad, con algo de pericia podríamos recorrer la prensa mes a mes (quizás semana a semana) saltando de descubrimiento en descubrimiento amateur solo en el cielo, sin tocar suelo o agua, medios en los que los aficionados también hacen muchísimos grandes descubrimientos.

Pero todas estas noticias son solo la punta del iceberg de la ciencia ciudadana en Astronomía. El descubrimiento de Diego ocurre gracias a un profesor que inscribe su colegio en un proyecto en el que manejan imágenes de telescopios controlados en remoto. De esta misma forma decenas de supernovas son detectadas al año por amateurs, y esto sin incluir las que descubren o ratifican otros aficionados usando sus propios telescopios o analizando los cartografiados profesionales.

Cada día hay miles de desconocidos que dedican muchísimo tiempo a la astronomía y hacen grandes descubrimientos en todos los campos, muchos de ellos insospechados. Estos trabajos son difícilmente cuantificables y en su mayoría son indistinguibles de los profesionales en la literatura científica, sin contar aquellos en los que están colaborando pero solo aparecen en los agradecimientos. Hay algunos intentos como el de Minor Planet Center, donde no es fácil saber cómo distinguen entre aficionados y profesionales. También hay muchos grupos y asociaciones de amateurs que se organizan para trabajar juntos en busca de nuevos descubrimientos.

Son incontables las personas que han tenido la suerte y la pericia de aprovechar una gran curiosidad, y de haber tenido la oportunidad de aplicarla en su tiempo libre. Quien quiera descubrir una supernova, un asteroide o algo que nadie esperaba encontrar, solo debe alimentar su curiosidad y explorar: hay cientos de proyectos, adecuados a las posibilidades de cada uno, donde se pide nuestra colaboración para explorar el mundo en que vivimos y el universo que lo envuelve.

Por Víctor Linares Pagán.

Esta sección se realiza en colaboración con el Observatorio de la Ciencia Ciudadana en España, coordinado por la Fundación Ibercivis. Ir al suplemento Tercer Milenio.