“Se vio un día a un grupo de delfines, grandes y pequeños, seguidos a poca distancia de otros dos que nadando sostenían,
cuando se hundía, a un delfín pequeño muerto, ellos lo levantaban con su dorso, como llenos de compasión, para impedir que fuera presa de algún animal voraz.” 

El texto anterior se ha extraído de una reciente comunicación del filósofo de la ciencia Alfredo Marcos en la que confluyen su interés particular por la filosofía de la biología y su vasto conocimiento de la obra de Aristóteles. El fragmento es parte de Historia Animalium,libro donde el filósofo griego da cuenta de su sorprendente y riguroso conocimiento de la Etología de muy diversas especies y de los delfines en particular. De hecho, como señala y referencia el autor, el comportamiento de los delfines descrito en la cita ha sido recientemente observado, fotografiado y filmado con fines científicos. Lo interesante para este artículo es que, tal como propone Marcos, el detallado conocimiento del comportamiento de los delfines constituiría un muy temprano ejemplo de lo que actualmente llamamos ciencia ciudadana, ya que no parece probable que el mismo Aristóteles hiciera esas observaciones sino que las recabara de pescadores y marinos. Aportando otras impresionantes citas de Historia Animalium, nos transmite Marcos cómo los pescadores griegos de entonces marcaban de algún modo las crías de delfines y las devolvían al mar para después, al cabo de los años, poder reconocer y datar los ejemplares ya adultos que volvían a caer en las redes de algún pescador. Estas tareas –que hoy llamaríamos de monitorización– implicarían, concluye Marcos, que una institución del más alto nivel científico, como fue el Liceo, contaba con la colaboración popular.

No es éste el único ejemplo que podríamos encontrar para sostener afirmaciones como que la participación de los públicos en la ciencia no es algo nuevo, o que siempre ha habido actividad científica por parte de ‘legos’, así como auténticos especialistas fuera de las instituciones. Podemos pensar en la correspondencia de Darwin –cerca de 15.000 cartas– mantenida no sólo con eminentes eruditos sino con cientos de naturalistas autodidactas, como él mismo, que compartieron con él datos y observaciones. Y tampoco deberíamos olvidar que algunos de los hitos más importantes de la Historia de la Física fueron obtenidos por un jovencísimo Albert Einstein mientras trabajaba en una oficina de patentes. O el enorme impacto de Srinivasa Ramanujan en el Análisis Matemático y la Teoría de Números del siglo XX, siendo un joven matemático aficionado sin apenas formación formal. O la repercusión de la obra de carácter divulgativo de Rachel Carson en la creación de políticas ambientales en todo el mundo. Si bien los citados son ejemplos fuera de lo ordinario, es verdad también que no podemos obviar esas contribuciones que cambiaron el panorama de la Ciencia, viniendo de fuera del mundo académico. A la vez también es cierto que, con la institucionalización profesional de la ciencia en el siglo XIX y su sofisticación en el XX, poco a poco se fueron creando barreras y una creciente distancia entre el saber científico profesional y otros tipos de conocimientos. La Ciencia fue, poco a poco, ganando prestigio social al tiempo que la ciudadanía la consideraba cada vez más inaccesible. La respetaba cada vez más, pero la consideraba un territorio extranjero en el que no osaba aventurarse. La participación popular en la investigación parecía estar llamada a la extinción, o al menos a su invisibilización bajo denominaciones como amateurismo, que parecen querer negar cualquier relevancia epistemológica.

Ciencia ciudadana en el siglo XX y principios del XXI

Sin embargo, en las tres últimas décadas del siglo XX esta situación cambió: las reivindicaciones ambientales y de salud pública junto a una creciente toma de conciencia de la necesidad y posibilidades de la participación pública en la toma de decisiones –políticas, ambientales, y científico-tecnológicas– dieron lugar a lo que ya en los 90 algunos comenzaron a llamar ciencia ciudadana. En aquellas fechas explicaba Alan Irwin lo adecuado de la expresión: por un lado refiere a ese aspecto de la ciencia dirigida a cubrir las necesidades y preocupaciones de la cuidadanía, y por otro lado implica una forma de ciencia protagonizada por los mismos ciudadanos fuera de las instituciones formales. Simultáneamente, en esos mismos años, las posibilidades de difusión, comunicación y compartición de recursos a través de Internet comenzaron a ampliarse de modo revolucionario con la invención de la web en el CERN por Tim_Berners-Lee y su determinación por hacer de ella un recurso público y abierto. En este nuevo contexto, el cambio de milenio vio nacer –o renacer–  el concepto de Ciencia Ciudadana. Y a lo largo de estos último años, es sobre todo el segundo aspecto señalado por Irwin –el de la posibilidad de que cualquier persona, sin una cualificación profesional específica, pueda contribuir a la generación de conocimiento científico– el que hemos estamos viendo multiplicarse en miles de proyectos, en un número cada vez mayor de ámbitos e implicando a millones de personas en todo el mundo.

Fuente:  Conferencia inaugural por Bruno Strasser ECSA 2018 Conference (Ginebra, 3-5 junio, 2018)

Sin embargo, vamos a detenernos por un momento y fijar los términos: ¿a qué llamamos hoy Ciencia Ciudadana? Una de las muchas posibles definiciones es la que propone el Libro Blanco de la Ciencia Ciudadana para Europa, resultado principal del Proyecto Socientize (2012-2014), encargado por la Comisión Europea y liderado por  la Fundación Ibercivis “La Ciencia Ciudadana se refiere a la participación del público en general en actividades de investigación científica, al contribuir los ciudadanos activamente a la ciencia, ya sea con su esfuerzo intelectual o con el conocimiento que les rodea o con sus herramientas y recursos”.

Esta definición, intencionadamente laxa, permite englobar un enorme abanico de actividades en las que los ciudadanos pueden contribuir a una o varias de las etapas del método científico. Así, pueden plantearse preguntas que la Ciencia profesional tiene que responder, como son las que la ciudadanía plantea en las llamadas “Science Shops” donde, por ejemplo, una comunidad de vecinos puede acudir para requerir un estudio sobre el efecto en su vecindario de las antenas de telefonía o de la calidad del aire o el agua.  Pueden ceder el tiempo muerto de sus ordenadores personales para que los científicos profesionales usen esa potencia de cálculo para distintos proyectos, como la búsqueda de  extraterrestre (proyecto SETI@home iniciado en los 90, u otros muchos similares, como Zivis en 2007). Pueden colaborar con un proyecto científico con una pequeña contribución económica a través de alguna de las varias plataformas de crowdfunding existentes. Pueden contribuir con unas líneas de código al núcleo de GNU Linux o escribir una entrada científica para la Wikipedia. Pueden también tomar datos para una investigación, como en su día hicieran los pescadores con los delfines de Aristóteles o ahora las personas que envían datos sobre la presencia del mosquito tigre (proyecto Mosquito Alert). Pueden  ayudar a analizar datos, clasificando tipos de galaxias (proyecto Galaxy Zoo) o tipos de muerte celular en estudios sobre el cáncer (proyecto Cell Spotting). Pueden colaborar en la elaboración de hipótesis para explicar esos resultados, como hicieron los naturalistas que se carteaban con Darwin, o como Einstein o Ramanujan en su momento. La propuesta de hipótesis está presente también en la llamada ‘epidemiología popular’ donde las comunidades de personas afectadas por problemas de salud pública participan en la investigación desde sus fases más tempranas, subrayándose la relevancia del conocimiento tradicional y local (como en el caso co-protagonizado por Erin Brockovich que, entre tantos otros, conecta con proyectos actuales, por ejemplo los desarrollados por Mapping for Change). El objetivo de cualquiera de estas contribuciones es que la ciudadanía sienta la Ciencia como algo suyo, no algo ajeno. Que no la sienta como un territorio extranjero, propio de los científicos profesionales y que le está vetado, sino como una más de sus responsabilidades –con derechos y deberes– como ciudadano.

El fenómeno de rapidísima expansión se ve también reflejado en el número de publicaciones científicas, tanto las que hacen uso de datos obtenidos mediante ciencia ciudadana, como las publicaciones derivadas de los propios proyectos, como los meta-estudios sobre el mismo fenómenos de la ciencia ciudadana y sus implicaciones científicas, socio-ambientales y/o ético-políticas. Así, podemos observar en la gráfica adjunta la explosión que ha tenido lugar a partir de 2008 en el número (curva azul) de publicaciones científicas en revistas especializadas (indexadas en la Web of Science, las mismas en las que publican los científicos “profesionales”) realizadas empleando la participación ciudadana, y cómo la calidad de las  mismas (curvas verde y naranja) no ha parado de crecer.  Esta es una de las principales bazas que tenemos para convencer a la “Ciencia profesional” de la gran oportunidad que ofrece la participación ciudadana.

Fuente: Elaboración propia. Fundación Ibercivis.

Y debemos tener también en cuenta, por otro lado, que  mucha de la ciencia ciudadana existente no queda reflejada en los estándares académicos usuales. No sólo publica artículos en revistas prestigiosas como Nature Sciencesino que queda reflejada en una mejor alfabetización científica de la ciudadanía de un país (que puede convertirla incluso en la mejor referencia en determinadas áreas, como ocurre en algunos temas de biodiversidad), en una mejor comprensión de los desafíos tecnológicos, en un crecimiento de las vocaciones científicas, etc. Lamentablemente, no existen todavía estándares objetivos para medir estos efectos de una forma sencilla.

Por supuesto, no todas las disciplinas científicas son igualmente accesibles. Así, una gran proporción de la actividad ciudadana en temas científicos se centra en aspectos de biodiversidad o conservación ambiental, mientras que en temas más abstractos como la Física Teórica o las Matemáticas las contribuciones son menos frecuentes. No obstante, el panorama de la Ciencia Ciudadana evoluciona rapidísimamente, y  decenas de proyectos aparecen cada mes en todo el mundo. También la forma de participación es muy heterogénea: hay muchas más contribuciones en la toma de datos, algunas menos en los proyectos de análisis, crecen también las contribuciones económicas… La elaboración de hipótesis o de teorías siguen siendo terreno poco frecuentado, aunque todos trabajamos para conseguir trazar caminos en esa dirección.

Fuente: European Commission. Open science monitor. Data on open collaboration

Tampoco en la política científica ha pasado inadvertido el fenómeno, y la Unión Europea ha incluido explícitamente la Ciencia Ciudadana dentro de una de sus líneas políticamente prioritarias, la Open Science o Ciencia Abierta, al menos desde 2015.  Fue en el ámbito de la conservación donde, indica Muki Haklay  (investigador del University College London y  referente mundial en Ciencia Ciudadana), hubo una primera manifestación política y explícita sobre la necesidad de la participación ciudadana activa para la conservación ambiental: Jacqueline McGlade, entonces Directora Ejecutiva de la Agencia Europea de Medio Ambiente (AEMA) anunció en 2008 la creación del Observatorio de Ciudadanía Global para el cambio ambiental, cuyo fin era complementar los datos oficiales sobre calidad del agua con observaciones de los ciudadanos. En 2012 la Comisión encargó al Proyecto Socientize la elaboración del Libro Blanco antes mencionado.  En estos últimos cuatro años, una de las áreas temáticas del Programa Horizonte 2020 está dirigida a potenciar la investigación responsable que incluye la participación pública en la ciencia: Science with and for Society (SWAFS).También el gobierno estadounidense le dedicó una atención sin precedentes, al menos durante la Administración Obama. Los últimos cinco años han visto nacer las asociaciones estadounidense, europea y australiana de Ciencia Ciudadana, y observatorios locales y nacionales así como diversas plataformas on-line como las de Austria, España, Alemania o Suiza entre otras. Para hacerse idea de la situación real de la Ciencia Ciudadana española se creó en 2016 el Observatorio de la Ciencia Ciudadana en España, que ambiciona ser el catálogo de todos los agentes y actividades de Ciencia Ciudadana desarrolladas en el ámbito nacional. Además, a partir del año pasado se están coordinando una serie de actuaciones para el fomento y desarrollo de la Ciencia Ciudadana desde la Fundación Ibercivis y la Fundación Española de Ciencia y Tecnología (FECYT).

Por supuesto, el creciente peso de la ciencia ciudadana en el panorama sociocultural y la invención de nuevas formas de participación conlleva, junto a las soluciones para los problemas abordados, nuevas preguntas por resolver en las que se combinan aspectos técnicos, éticos, legales, socio-económicos… Por resumir muy brevemente aquí: la validación e integridad en la investigación (¿serán los datos obtenidos por los no-especialistas tan válidos como los obtenidos por los científicos profesionales?), aspectos legales en cuanto a la propiedad intelectual y ciencia abierta (¿cómo tratar los resultados de la investigación en la que han participado los voluntarios? ¿Pueden patentarse? ¿A quién pertenecen?), externalización que podría convertirse en explotación (¿No será esta una forma de ahorrar costes y nada más?)…  En cierto modo se trata de nuevas áreas de investigación y regulación – porque son nuevas las circunstancias y posibilidades –  pero a la vez, subyacen a estas preguntas cuestiones relacionadas con muy antiguas preguntas, volviendo de nuevo a la filosofía griega, sobre las tensiones entre verdad y justicia, entre autoridad (¿quién está capacitado para generar conocimiento?) y legitimidad (¿a quién le está permitido hacerlo?) constitutivas a nuestras democracias, como ha explicado el filósofo de la Ciencia Fernando Broncano. La participación ciudadana introduce nuevos agentes en el problema, si bien también nuevos desafíos: el método científico, aún con sus limitaciones,  ha sido el garante del buen funcionamiento de la Ciencia y la Tecnología en los últimos siglos, y debemos saber ceñirnos a él en este nuevo contexto o adaptarlo con todas las garantías. Los resultados que se obtengan en estudios hechos con o por la ciudadanía deben incorporar métodos de validación eficientes y seguros.  Nadie quiere que en caso de enfermedad se le aplique una terapia no suficientemente verificada o tener que conducir vehículos diseñados en base a criterios no validados. La ciencia ciudadana debe estar presente en nuestro futuro, y es fundamental que sea ciudadana … pero no puede nunca dejar de ser Ciencia.

Todas estos temas plantean preguntas pertinentes y difíciles de responder en pocas palabras y que van a requerir de un cuidadoso análisis en los próximos meses y años. En este sentido, ya en 2015 la European Citizen Science Association (ECSA) elaboró los 10 principios de la ciencia ciudadana, traducidos hasta hoy a 26 idiomas, como una guía de buenas prácticas abierta a la discusión e investigación.  Con ellos como base estamos intentando, poco a poco, definir un marco normativo eficiente que nos ayude a dar respuestas eficaces.

La Ciencia Ciudadana que viene

Desde la perspectiva que nos ofrece nuestra experiencia como actores de este apasionante mundo desde hace varios años y habiendo crecido y evolucionado con él, permítasenos ahora jugar a visionarios intentando predecir nuestro futuro más inmediato, a nivel español y europeo.  El fenómeno de la Ciencia Ciudadana se va a convertir, poco a poco,  en un nuevo paradigma socio-cultural,  cuyo objetivo no es, evidentemente, competir con la Ciencia profesional sino ofrecer y redescubrir una forma de trabajo complementaria a la actualmente predominante, con importantes y diversos impactos sociales, ético-políticos, económicos …  Así, veremos crecer el número de Laboratorios Ciudadanos como los de Zaragoza, Madrid o Sevilla, donde los ciudadanos pueden utilizar -y fabricar- equipamiento científico de primer nivel para los estudios que deseen. Veremos también crecer el número de Oficinas de Ciencia Ciudadana en nuestras ciudades, como las de Barcelona o Zaragoza. En el marco de estos centros se podrán encontrar pequeñas convocatorias de financiación para el desarrollo de proyectos, Science Shops para la definición de problemas y búsqueda de soluciones junto con científicos profesionales, etc. Los efectos de estas transformaciones  podrán ser lentos, pero inexorables.

Y uno de los más relevantes deberá ser el impacto en la comunidad educativa. Varios de los experimentos desarrollados por la Fundación Ibercivis  o por la Universidad de Barcelona y grupos de investigación del CSIC en Cataluña a lo largo de estos años han contado con centros educativos de Enseñanza Secundaria como colaboradores y los resultados han sido fantásticos: estudiantes interesados por la Ciencia y docentes encantados por el desafío de participar en un proyecto científico real.  La Unión Europea tiene este potencial didáctico en cuenta y ha financiado el proyecto BRITEC (Bringing research into the classroom), en el que participamos la Fundación Ibercivis  y la Universidad Autónoma de Madrid junto con otros centros de investigación europeos. Durante los próximos tres años se va a analizar el potencial didáctico de los experimentos y su uso como mecanismo incentivador de vocaciones científicas, tan necesarias en nuestro futuro inmediato. Asimismo la combinación de la educación científica formal y no formal que se puede construir con participantes de distintos perfiles de edad y extracción social (estudiantes, comunidades de vecinos, asociaciones de la tercera edad, etc) es el tema de una convocatoria H2020-Swafs del próximo año.  Como vemos, las instituciones están apostando de forma decidida por los efectos beneficiosos que la amplia difusión y la formación conseguida a través de la participación ciudadana puede ofrecer en temas como el cuidado del medio ambiente, la salud y atención médica, infraestructuras, etc.

En resumen, en ese futuro que vislumbramos, la ciudadanía participará del desarrollo científico y, al hacerlo, reflejará una comunidad de personas mejor formadas, con mejor espíritu crítico, y preocupadas por esa Naturaleza cuyos secretos están ayudando a entender y predecir. Y lo hará porque entenderá que es su deber –y su derecho– como sujeto social –independientemente de su formación y quehacer profesional–, porque entenderá que la Ciencia que está financiando con sus impuestos es imprescindible para ella … como ella lo es  para la Ciencia.

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Maite Pelacho  es miembro de la Fundación Ibercivis y Grupo de Investigación PRAXIS del Departamento de Lógica y Filosofía de la Ciencia, UPV/EHU), María R. Clemente (Departamento de Didácticas Específicas, UAM), Jesús Clemente-Gallardo (Departamento de Física Teórica, IUI Bifi UZ y Director de la Fundación Ibercivis)

(*) Artículo originalmente publicado en la Revista Contexto el 10 de octubre de 2018. Puedes consultarlo haciendo click aquí.